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Después de dos mediocres películas, la franquicia de Resident Evil se redimió parcialmente (en mi humilde opinión) con la tercera parte, subtitulada Extinction, pues además de tener un libreto más estructurado y consistente, finalmente dejó atrás la inconexa y modular narrativa de los videojuegos para adquirir su propio estilo e identidad como serie cinematográfica. Además, su final dejó listo el terreno para una interesante continuación de las aventuras de la valerosa Alice y los escasos sobrevivientes del "apocalipsis zombie". Entonces podrán imaginar mi decepción cuando descubrí que la nueva secuela, Resident Evil 4: La Resurrección, desperdicia esa oportunidad y prefiere regresar a los arbitrarios giros y forzada lógica de las dos primeras cintas. Pero bueno... de cualquier modo admito que el entusiasmo de su actriz principal y la incesante acción lograron compensar en cierta medida la apatía del libreto y las extrañas decisiones del director Paul W.S. Anderson, quien sigue con su mala costumbre de poner el espectáculo visual por encima de la narrativa.
SPOILERS: Para describir la trama de Resident Evil 4: La Resurrección será inevitable revelar lo ocurrido al final de Resident Evil: Extinction, así que quienes no la hayan visto omitan la lectura de los siguientes dos párrafos.
Al final de Extinction dejamos a Alice (Milla Jovovich) asombrada tras el descubrimiento de sus múltiples clones, usados por la malévola Corporación Umbrella (¿hay corporaciones benignas en el cine moderno?) en crueles experimentos genéticos. Al mismo tiempo, Claire Redfield (Ali Larter) y unos cuantos sobrevivientes volaban hacia Alaska en busca de un lugar libre de la infección del Virus T, que convierte a los muertos en zombies, y está a punto de extinguir la vida en el planeta.
Resident Evil 4: La Resurrección comienza varios meses después, cuando presenciamos la violenta venganza de Alice y sus nuevas aliadas en contra de Umbrella, y en particular de su arrogante presidente Albert Wesker (Shawn Roberts imitando a Val Kilmer). Cuando la principal base operativa de la corporación queda destruida, Alice comienza su peregrinación hacia Alaska, en busca de Claire y del supuesto paraíso libre de zombies. Pero lo que encuentra es otra desesperada lucha por la supervivencia cuando queda atrapada en una prisión rodeada de zombies que han mutado por la influencia del Virus T (o quizás por "Las Plagas"), haciéndolos más peligrosos que nunca. Y, claro, donde hay zombies mutantes siempre ronda la amenaza de la Corporación Umbrella...
No cabe duda que el director/ productor/ escritor Paul W.S. Anderson tiene talento para varios aspectos del proceso fílmico; sus películas siempre se ven pulidas y bien terminadas a pesar de que trabaja con presupuestos moderados (al menos no del tamaño de los de Michael Bay); obviamente sabe cómo orquestar escenas de acción, aunque sea plagiando los clichés del pasado (en serio, los Hermanos Wachowski tendrían bases legales para una demanda contra Resident Evil 4: La Resurrección); y tiene buen ojo para seleccionar actores que encajen en sus papeles (aunque no sean necesariamente buenos). Sin embargo tiene dos enormes fallas que tienden a sabotear su trabajo: primero, no es un buen escritor. Sus libretos parecen el producto de un director novato, recién egresado de los comerciales y videos musicales, que no sabe cómo armar una historia coherente, ni le preocupa hacerlo siempre y cuando haya abundantes oportunidades para crear escenas "cool", con acción en cámara lenta, explosiones y acrobacias que hagan al público juvenil decir "Whoa" (o expresiones similares... estoy fuera de onda en ese tema, como lo demuestra mi uso de la palabra "onda"). Y el segundo problema es que Anderson parece incapaz de crear atmósfera, o emociones que respalden la acción en la pantalla. En otras palabras, no hubo un instante en Resident Evil 4: La Resurrección donde yo sintiera el menor asombro, angustia o ese indescriptible suspenso que distingue a las mejores películas del género... e incluso a algunas no tan buenas, pero que parecen ascender cuando consiguen esa sensación. Creo que hay abundantes oportunidades narrativas que el director deja pasar porque no sabe qué hacer con ellas. Su idea de emoción es simplemente matar a los personajes que parecían simpáticos, con la esperanza de que el espectador lo interprete como "drama". Pero en realidad el truco no funciona, y esa notoria falta de fundamento demerita los contados aciertos de la película.
En fin... no me quiero extender demasiado, así que terminaré diciendo que Resident Evil 4: La Resurrección me gustó más que la primera y la segunda de la serie, pero menos que la tercera (que dirigió el veterano Russell Mulcahy). No me arrepiento de verla porque quería saber cómo terminaba la historia establecida en Extinction; sin embargo me decepcionó la pobre resolución creada por Anderson y el nuevo curso que tomó para entregarnos otro "cliffhanger" final que solo promete más de lo mismo en la siguiente película (por cierto, quédense a ver los créditos para ver el regreso de un rostro familiar... no, desafortunadamente no es Olivera). Creo que todavía hay potencial en la historia de Alice, aunque sospecho que el único modo de explotarlo adecuadamente sería dejando la franquicia en manos de un auténtico cineasta, y no de un productor con más entusiasmo que talento. Todavía recuerdo cuando se afirmaba que George A. Romero dirigiría la original Resident Evil. Obviamente nunca ocurrió, pero aún no es demasiado tarde para llamarlo, pues lo que necesita esta franquicia no son más peleas en "bullet time", sino más atmósfera y profundidad narrativa; y si Anderson no sabe cómo obtenerlas, mejor que le deje el trabajo a un experto. Funcionó una vez; quizás funcione otra.
Calificación: 6.5
Tenía interés en la cinta Una Obsesión Fatal porque en general me gusta el cine australiano. Al igual que otros países, Australia tiende a imitar los géneros más populares de Hollywood, pero con un sabor distinto y particular que los hace parecer casi novedosos. Y entre las fórmulas que mejor interpreta está la del "thriller suburbano", que nos ha dado notables cintas como Lantana, Alexandra’s Project y Angst. Una Obsesión Fatal cuenta con todos los ingredientes necesarios para integrarse a ese grupo: un misterio sin resolver, una idílica comunidad repleta de siniestros secretos, y sólidas actuaciones de un elenco creíble; pero el libreto da demasiadas vueltas y nunca logra decidir lo que pretende expresar, resultando en una película lenta y difusa que no me dejó satisfecho como thriller, aunque me pareció rescatable como simple drama familiar.
La mencionada comunidad es el barrio de Sunshine Hills. Sus coloridos jardines e impecables calles ocultan el miedo de las familias que ahí residen, pues en meses recientes tres muchachas fueron brutalmente asesinadas (bueno, al menos dos... la tercera simplemente desapareció). Y desde luego las sospechas recaen en los enigmáticos habitantes de la casa número 46, donde todos los días puede verse a una mujer asomada a la ventana, como si esperara a alguien. Naturalmente, esto despierta la curiosidad de la rebelde adolescente Suzy (Tahyna Tozzi), quien aprovecha la atracción que ejerce sobre su joven vecino Danny (Sebastian Gregory) para reclutarlo como cómplice en la investigación de las desapariciones... y, concretamente, en los secretos que oculta la casa 46. Pero, como siempre ocurre, las cosas no son lo que parecen, y eventualmente la investigación podría tornarse más peligrosa de lo que ambos pensaban.
El lado oscuro de los suburbios ha sido un tema en boga desde mediados del siglo veinte, y algunos cineastas lo han empleado con excelentes resultados; por el contrario, Una Obsesión Fatal se limita a duplicar los más básicos rasgos del sub-género para darnos una historia al mismo tiempo confusa y predecible, donde el "final sorpresivo" es realmente inesperado... pero no porque sea ingenioso, sino porque llega de la nada, y nos revela que la película entera fue un desfile de engaños y pistas falsas, para llegar por otro camino al mismo destino que sospechábamos desde el principio.
Al menos puedo halagar las actuaciones del desconocido elenco. El joven Sebastian Gregory hace un buen trabajo incluso en las ridículas escenas finales, y se perfila como fuerte candidato para ser seducido por Hollywood (o al menos por el canal Warner). La joven Tahyna Tozzi se luce en un papel deliciosamente manipulador, y su atractivo físico se complementa con buena presencia escénica y facilidad para decir mucho con economía de expresión. También me gustó el trabajo de Asher Keddie como al enigmática Jennifer, atrapada en una casa con un siniestro acompañante. Y los fans de la antigua serie de televisión La Femme Nikita (no la nueva versión con Maggie Q) quizás se interesarán en ver a Peta Wilson en un inusual papel de ama de casa.
Como dije, el argumento da muchos rodeos, y eventualmente nos traiciona con una conclusión arbitraria; pero no puedo negar que Una Obsesión Fatal me pareció interesante y lo suficientemente entretenida para darle una exigua recomendación, aunque sea para tener excusa de admirar la notable cinematografía y tensa atmósfera conseguida por el director Dean O’Flaherty (por no mencionar a Tozzi en traje de baño). En fin... quizás sea buen momento para dejar descansar a "los suburbios" como escenario de crímenes y perversión oculta; después de todo, será difícil que alguien supere Poltergeist, American Beauty o Blue Velvet, aunque no dudo que seguirán intentándolo.
Calificación: 6.5
A decir verdad, lo que más me sorprendió de la mediocre cinta Más Allá de la Duda fue ver durante los créditos el logo de la productora RKO. Claro, es una modernizada versión digital (ojala hubieran mantenido el "look" retro), pero aun así fue agradable enterarme de que sigue activo este legendario estudio (o quizás algún inversionista nostálgico simplemente adquirió los derechos... la verdad no sé). Lástima que este trivial detalle fue lo mejor de la película entera. Bueno... quizás exagero. En realidad la trama de Más Allá de la Duda me pareció bastante ingeniosa, y con gran potencial de convertirse en un excepcional thriller policiaco. El problema es que la blanda dirección del mercenario Peter Hyams y una mala selección de actores terminaron arruinando la experiencia y contrarrestando los escasos puntos positivos de la película.
La trama se centra en el joven reportero C.J. Nicholas (Jesse Metcalf), quien está cansado de las blandas noticias que le asignan en el canal de televisión donde trabaja. Su ambición es convertirse en un auténtico periodista investigador, y para lograrlo está preparando un reporte que podría sacudir a la ciudad entera: C.J. está convencido de que el célebre fiscal Mark Hunter (Michael Douglas) falsifica evidencia para ganar muchos casos, lo cual impulsa su carrera política. Para confirmar sus sospechas, el audaz reportero se deja inculpar por un reciente asesinato; de esa manera confrontará al corrupto fiscal durante el juicio, y en el momento apropiado presentará pruebas incontrovertibles de su inocencia. En teoría, eso lo pondrá en libertad y al mismo tiempo demostrará que Hunter acostumbra manipular la justicia para beneficio propio. Entonces, con ayuda de su fiel amigo Finley (Joel Moore), C.J. pone en acción su arriesgado plan, y todo parece funcionar como esperaba... hasta que desaparecen las pruebas que tenía preparadas, y el joven tiene que enfrentar de lleno los cargos que él mismo buscó. ¿Logrará probar su inocencia, o será otra víctima inocente del despiadado Hunter?
La primera mitad de Más Allá de la Duda desarrolla bastante bien esta provocativa idea, pero eventualmente se ve forzada a desechar toda consistencia y dejar que sus personajes cometan errores estúpidos que van en contra de su carácter y del más básico sentido común. También se sienten los rechinidos de los engranes narrativos cuando el escritor (también Hyams) busca justificar escenas de acción o momentos de suspenso que le den un poco de vida al inerte drama y, de paso, que nos distraigan de los abundantes agujeros en el libreto. Sin embargo, creo adivinar de dónde provienen algunos de estos problemas; Más Allá de la Duda es el re-make de una película realizada en 1956 (la última cinta norteamericana del gran Fritz Lang), y estimo que muchos elementos del libreto original resultarían anacrónicos en una versión contemporánea, de modo que Hyams enfrentó la ingrata tarea de conciliar conceptos antiguos con tecnología moderna. Como consecuencia tenemos una errática lógica donde es posible el avanzado análisis digital de una fotografía, pero al mismo tiempo se ignora la facilidad de duplicar el contenido informático de un DVD. En fin... no quiero revelar spoilers, y baste decir que la abundancia de estas incongruencias, además de personajes improvisados y deducciones apresuradas arruinan una premisa que pudo llegar más allá del típico thriller directo a DVD (aunque vale decir que Más Allá de la Duda tuvo un desastroso paseo por cines comerciales en los Estado Unidos).
No descarto el potencial de Más Allá de la Duda como entretenimiento desechable para un domingo lluvioso, sobre todo si el espectador acepta el humor involuntario de la cinta como complemento de su bien planteado concepto central. No sé si eso baste para hacerla "tan mala que es buena", pero admito que no me aburrió y sostuvo mi interés, no solo en el destino del protagonista, sino en ver qué otro absurdo evento aparecería para estirar aún más nuestra credibilidad (desde luego no hay que olvidar el obligatorio "twist" final). Hace un momento califiqué al director Peter Hyams como "mercenario", y aunque puede sonar como insulto, también es un halago; quizás no tenga mucha visión o estilo personal, pero hace falta talento para extraer entretenimiento puro a base de un libreto mal escrito, actores con poca convicción y bajos valores de producción. Entonces, puedo recomendar esta película como un thriller accidentalmente cómico, o como un chasco accidentalmente entretenido; como sea, pudo ser peor, y al menos logró que me dieran ganas de ver la original. Veremos si Fritz Lang fue tan buen humorista como Peter Hyams.
Calificación: 6
En vista de algunos comentarios positivos que leí sobre la cinta Verónika Decide Morir, pensé que finalmente podría ver a Sarah Michelle Gellar en una buena película. O quizás no "buena, buena", pero al menos una que explotara adecuadamente su talento como actriz. Desde mediados de los noventas me pesó ver su carrera post-televisiva desperdiciada principalmente en re-makes de horror asiático o insulsas comedias románticas donde Gellar no logró capturar de manera creíble ni el romance ni la comedia. Y si bien Verónika Decide Morir no fue tan buena como yo esperaba, al menos queda el consuelo de haber visto a esta actriz exhibiendo la intensidad emocional y fuerza dramática que vimos en los mejores episodios de Buffy, The Vampire Slayer. En otras palabras, una buena actuación desperdiciada en una mediocre película.
Como dice el titulo, Verónika Deklava (Sarah Michelle Gellar) decide suicidarse a pesar de tener una vida aparentemente cómoda. El problema es que parece haber un hueco enorme en su interior que le hace ver el futuro como una insoportable (e inevitable) rutina que no le interesa enfrentar. Entonces, una noche ingiere una sobredosis de variadas medicinas... y despierta dos semana después en un sanatorio psiquiátrico, donde le informan que su intento de suicidio provocó un daño irreparable en el corazón que le causara la muerte en unas cuantas semanas. Su plan se cumplirá, después de todo. Pero, irónicamente, durante su estancia en el sanatorio Verónika empieza a desarrollar un nuevo enfoque de la vida, y quizás encuentre por fin una razón para vivir... incluso si ya es demasiado tarde.
No soy fan del escritor brasileño Paulo Coelho, ni he leído su novela Veronika Decide Morrer (en la que se inspira esta película), pero de cualquier forma aprecio su elegante prosa y la sincera "voz" narrativa que emplea en sus libros (al menos los que he leído). Por eso me atrevo a especular que la mencionada novela debió ser más rica y compleja que esta simplista adaptación cinematográfica, cuyos ocasionales momentos de honestidad y reflexión tienden a perderse entre diálogos repletos de clichés, pretenciosos interludios "artísticos" y lecciones morales que se acercan a la farsa ("todos estamos locos"). Otro problema son los laaaargos pasajes dedicados a personajes superfluos que alargan la historia sin aportar contenido. Quizás en el libro fueron mas relevantes, pero en la película son los principales causantes de aburrimiento.
De cualquier modo el elenco hace lo que puede y, además de Gellar, también me gustó la interpretación del menospreciado David Thewlis; su genérico papel es rescatado por la convicción que imprime en sus parlamentos y la nobleza de intención que logra filtrarse entre las cansadas fórmulas recicladas de tantos otros psiquiatras cinematográficos. Por el lado negativo tenemos al joven actor Jonathan Tucker, muy mal seleccionado para el papel del enigmático paciente llamado Edward. Entiendo que el personaje padece una condición semi-catatónica, pero eso no es excusa para interpretarlo sin carisma alguno, ni química con la protagonista, de modo que su relación se siente absolutamente falsa y hace el final aún más insípido y previsible, cuando debería ser sorprendente y devastador.
No sabría decir si los aficionados a Paulo Coelho encontrarán más aciertos o más fallas en esta adaptación cinematográfica. Pero como espectador casual, Verónika Decide Morir me pareció un torpe relato cuyas buenas intenciones y loable mensaje fueron contaminados por un argumento difuso y frecuentemente empalagoso que no alcanza los niveles dramáticos que aspira, a pesar del sólido trabajo de su protagonista. Por lo demás, es una típica cinta independiente con una producción atractiva a pesar de su modestia, buena música y adecuada dirección de la cineasta británica Emily Young. A fin de cuentas solo la recomendaría para los fans de Buffy que estén cansados de verla esforzarse vanamente en insulsas comedias y refritos de horror asiático. El resultado global de Verónika Decide Morir no fue mucho mejor, pero al menos no sentí la pena ajena de Suburban Girl o Scooby Doo 2, lo cual bastó para no arrepentirme de haber gastado tiempo en esta cinta. A eso hemos llegado.
Calificación: 6 (con cualquier otra actriz sería 5)
En la carrera del célebre director Roman Polanski hay películas aclamadas como clásicos del cine moderno, y aunque no dudo el valor artístico y cultural de Chinatown, Rosemary's Baby y The Pianist, mi gusto personal se inclina más por los modestos thrillers que ha realizado (por ejemplo Frantic y The Ninth Gate). Me alegra decir que ahora puedo añadir El Escritor Fantasma a esa lista, pues me pareció un tenso y perfectamente modulado thriller político con una historia interesante, excelentes actores y la siempre segura dirección de Polanski, quien parece mejorar con la edad, a diferencia de otros íconos que sobreviven de sus glorias pasadas.
Por si alguien no conoce el término, un "escritor fantasma" es alguien que escribe bajo el nombre de otra persona. En otras palabras, muchas auto-biografías de actores, políticos y variada gente famosa son generalmente escritas por estos anónimos artesanos, quizás porque las celebridades carecen del necesario talento literario o porque simplemente tuvieron pereza de escribir un libro por sí mismos. El protagonista de la película es uno de esos escritores fantasma (Ewan McGregor), contratado para re-escribir las memorias de Adam Lang (Pierce Brosnan), ex-Primer Ministro británico. Para realizar su trabajo, el escritor se integra a la vida del político, y conforme redacta el libro también se entera de la amarga rivalidad que existe entre Ruth Lang (Olivia Williams), esposa de Adam, y Amelia Bly (Kim Catrall), su eficiente y seductora asistente. Pero lo que parecía un trabajo fácil empieza a complicarse cuando el ex-Primer Ministro es acusado de crímenes de guerra cometidos en complicidad con el gobierno de los Estados Unidos... y entonces el "fantasma" descubre que se ha convertido en el blanco de quienes sospechan que la verdad se esconde en la auto-biografía del político.
Quizás la trama suena un poco seca, pero así como Polanski pudo hacer fascinante el mundo de los coleccionistas de libros en The Ninth Gate, de nuevo demuestra su pericia para conducir una historia engañosamente simple, cuyos inesperados giros y ocultos secretos van revelándose al mismo tiempo que los ambiguos personajes ganan detalle y profundidad. Este cine de suspenso "a fuego lento" me parece mucho más elegante y efectivo que los thrillers enfocados a la acción, persecuciones y balaceras (traducción: el cine de Hollywood). Y cuando añadimos precisa dirección y sobresalientes valores de producción, el resultado es una obra de suspenso inteligente, visualmente atractiva y narrativamente satisfactoria. Claro que la otra cara de esa moneda es que la película está construida a base de diálogos, datos y deducción, de modo que algunas personas podrían considerarla aburrida. En vez de veloces escapes en automóvil tenemos un deliciosamente tenso paseo con ayuda de un navegador satelital; a falta de explosiones hay discusiones tan cargadas de pasión que parecen igualmente letales; y los únicos efectos especiales que creo haber visto son sutiles auxiliares para disfrazar las locaciones alemanas y transformarlas en la isla de Martha's Vineyard, en los Estados Unidos, a donde Polanski no puede ir por su famoso... "problema legal".
Ewan McGregor se está convirtiendo en uno de mis actores favoritos, pues su gran talento le permite mantener igual credibilidad y sólidas interpretaciones en todo tipo de géneros y estilos cinematográficos, desde comedia romántica (Down With Love) y drama histórico (Miss Potter) hasta "blockbusters" de Hollywood (The Island) y el más bizarro cine de arte (The Pillow Book). Sobra decir que su presencia es uno de los mejores atributos de El Escritor Fantasma, y se ve bien respaldado por Olivia Williams, Pierce Brosnan, Tom Wilkinson y Kim Cattrall (en uno de esos raros papeles que nos permiten escuchar su original acento de Liverpool). Bueno, hasta James Belushi queda bien como el ambicioso e inflexible jefe del protagonista.
Ah, y por supuesto no puedo dejar de mencionar los interesantes paralelos entre el "ex-Primer Ministro Adam Lang” y el real Tony Blair. Obviamente Robert Harris, autor del libro en el que se inspira la película, resintió el incondicional apoyo que Blair ofreció a los norteamericanos durante la invasión de Irak, y aunque el controversial dignatario no fue acusado de crímenes de guerra (que yo sepa), la trama parece una denuncia directa de lo que pudo haber pasado (¿o realmente ocurrió? Espero que no). Como sea, al menos me hizo reír la actriz que evidentemente es una parodia de Condoleezza Rice. Pero bueno... con o sin contenido político, El Escritor Fantasma es un fantástico thriller que podría describir como "hitchcockiano"... aunque en realidad tiene el sello característico de Polanski, cuyas cintas de suspenso me gustan más que las de aquel legendario director (sí, lo dije). No es una cinta innovadora, no hay mucha acción ni mucha violencia... pero a veces la mera sugerencia de peligro basta para despertar nuestro interés y mantenernos en suspenso durante dos horas. Lástima que parece ser una técnica en peligro de desaparecer.
Calificación: 9
Aunque por lo general basta con una buena historia, buenas actuaciones o buena dirección para dejarme contento con una película, es indudable que las experiencias cinematográficas más satisfactorias son aquellas que se fundamentan en ideas... su discusión, su expresión y hasta su denuncia. Una buena historia puede entretenernos durante un par de horas; pero una idea puede cambiar nuestras vidas, incluso si es transmitida a través de un medio rara vez celebrado por su inteligencia (me refiero al cine moderno, desde luego). Quizás Ágora: La Caída del Imperio Romano no llega tan lejos, pero sin duda es suficientemente ambiciosa para presentar una verdad simple de manera compleja, tanto por el período histórico donde la ubica, como por la multitud de perspectivas que emplea para examinarla.
El período es al final del siglo cuarto después de Cristo; el lugar es la legendaria ciudad de Alejandría (en aquel entonces la capital de Egipto). El Imperio Romano está a punto de derrumbarse por la colisión de religiones e ideologías que enarbolan las distintas facetas de la población. Y al centro del colapso está la filósofa y educadora Hypatia (Rachel Weisz), cuyos altos conceptos de física y astronomía asombran a sus estudiantes... e inquietan a la incipiente población cristiana, que considera ofensivo todo aquello que contradiga la palabra de Dios. Sin embargo, Hypatia defiende su punto de vista científico, y eventualmente tres de sus estudiantes tendrán un papel importante en la revolución teológica (y política) que culminará con la destrucción de uno de los más importantes acervos culturales que la humanidad conoció...
El director Alejandro Amenábar ha realizado algunas excelentes películas, pero es Ágora: La Caída del Imperio Romano la que se siente como su proyecto más personal... aunque desafortunadamente también es el más inflado con excesivas escenas de fantástica manufactura, pero cuestionable relevancia para la trama principal. En cierto modo lo comprendo... cada cuadro de la película ofrece un derroche de riqueza visual gracias a la cinematografía de Xavi Giménez y a la perfecta combinación de vastos escenarios reales con extensiones digitales que dan asombrosa vida a la ciudad de Alejandría. Claro, esto no significa que Agora: La Caída del Imperio Romano sea estrictamente fiel a la realidad histórica (si es que tal cosa existe)... simplemente propone una "teoría" sobre el destino de la Biblioteca de Alejandría, así como interesantes conjeturas sobre los métodos y descubrimientos científicos de la fascinante Hypatia. Creo que es perfectamente aceptable la "licencia dramática" de Amenábar en vista del entusiasmo y obvio interés que siente sobre el viejo conflicto entre ciencia y religión (o "superstición"... lo que mejor acomode al lector).
O quizás estoy dándole una interpretación demasiado cerrada a las amplias ideas que abarca el libreto de Ágora: La Caída del Imperio Romano. Algunas personas podrán tomarla como una analogía histórica sobre los actuales conflictos religiosos en distintas partes del mundo, y es muy posible que ese haya sido un objetivo secundario del director. Sin embargo me pareció que su propósito va más allá de darnos otra lección sobre el peligro de la religión cuando se mezcla con el gobierno. Creo que uno de los mensajes de la película es que la religión es tan solo la excusa favorita de ciertas personas para imponer su voluntad sobre sus semejantes, y justificar como "maligno" cualquier punto de vista ajeno al de ellos. Claro, South Park expresó algo similar en menos tiempo (y con más roedores del futuro), pero eso no resta un ápice de fuerza y majestuosidad a esta impresionante producción española, cuya épica narrativa se fundamenta en una historia íntima de intensas emociones.
Y supongo que eso nos lleva directamente a elogiar las tremendas actuaciones del elenco entero. Desde luego Rachel Weisz se lleva la gloria como la estoica Hypatia, cuya convicción sobre el valor del pensamiento racional posiblemente cambió el rumbo de la humanidad (para bien o para mal). Pero no hay que olvidar a Max Minghella, Oscar Isaac y Sami Samir como los discípulos de la maestra que siguen (o rechazan) sus enseñanzas según los llamados de sus conciencias individuales. Aunque Amenábar usa nombres históricos, creo que la trama entera es una fábula donde los personajes representan distintos puntos de vista que aún hoy tenemos problemas para conciliar sin ofender a un grupo específico, o sin sacrificar la libertad de otra cultura... o género. En fin, ojalá nadie entre a ver Ágora: La Caída del Imperio Romano esperando batallas épicas al estilo de Ridley Scott. Bueno... sí hay batallas, sangre y violencia; pero el punto no es asombrarnos con efectos especiales (aunque sí asombran), ni emocionarnos con las aventuras de una estoica heroína (sí, también está presente), sino incrementar un poco nuestro sentido crítico con la esperanza de que comprendamos mejor uno de los problemas fundamentales de la humanidad. Es cierto que tal enseñanza a veces parece demasiado forzada y simplista; pero las virtudes técnicas y narrativas de la película superan sus ocasionales defectos de tono o ritmo. Y aunque no me gusta que Ágora: La Caída del Imperio Romano haya tardado casi un año en llegar a mi país, estimo que será doblemente significativo su estreno en una fecha tan cercana al noveno aniversario de un doloroso evento que demostró lo poco que ha cambiado la humanidad en dos mil años. Y honestamente no espero que cambiemos en otros dos mil.
Calificación: 8.5
No sé cuánto tiempo le queda a la moda del cine "retro", pero me alegra que haya durado lo suficiente para incluir el lanzamiento de The Lost Skeleton Returns Again, secuela de la genial The Lost Skeleton of Cadavra, una de las primeras (y mejores) cintas de este tambaleante género. Al igual que su predecesora, The Lost Skeleton Returns Again continúa la afectuosa parodia del cine "B" que era popular en las décadas de los cincuentas y sesentas, aunque esta vez se aleja un poco de la ciencia ficción para recrear con mínimo costo la apariencia, actuaciones y primitiva narrativa de cintas sobre "aventuras en la jungla", como Horrors of Spider Island, Attack of the Giant Leeches y la inolvidable Killer Shrews. En algunos aspectos esta secuela supera a la original (si es que "supera" es la palabra correcta), pero también cae en los mismos errores, sobre todo en lo que se refiere al precario balance del humor y a los defectos que no siempre parecen intencionales.La trama gira en torno a la búsqueda del mineral "jerranium-90", que solo existe en la jungla del Amazonas. El gobierno de Estados Unidos ansía poseerlo, y solicita ayuda al experto Dr. Paul Armstrong... pero su esposa Betty (Fay Masterson) le informa al Agente Pappin (Frank Dietz) que el famoso científico se extravió en la jungla hace dos años, de modo que ambos organizan una expedición para rastrear al único hombre que puede encontrar el exótico mineral. Sin embargo no son los únicos, pues el turbio empresario Handscomb Draile (Robert Deveau) también quiere apoderarse del jerranium-90 para venderlo al mejor postor, y para ello envía a sus esbirros al Amazonas con una misión similar. Y así comienza la competencia entre ambos equipos por llegar primero al mítico Valle de los Monstruos, donde tendrán que enfrentar amenazadoras criaturas, tribus exóticas... y al temible Esqueleto de Cadavra, ahora tan solo un cráneo que necesita el jerranium-90 para regenerar su cuerpo y continuar su reinado de terror. ¿Y quiénes son esos extraños guías que desconocen las costumbres terrestres? ¿Podrán ser visitantes del planeta Marva con algún oscuro propósito para el raro mineral?
Se nota que el director y guionista Larry Blamire volcó todo su entusiasmo en el libreto de The Lost Skeleton Returns Again, pues introduce muchos elementos adicionales (algunos dirían demasiados) para complementar los temas que repite de la cinta anterior. Nuevamente podemos disfrutar naves espaciales sostenidas por hilos, “efectos especiales” con perspectiva forzada, y no uno, sino dos "monstruos" toscamente construidos por los hermanos Chiodo (con los obligatorios cierres en la espalda). Pero también hay frescas oportunidades de reír con los atolondrados “gángsters“ que no comprenden el peligro de su situación, o con el bien empleado pietaje de stock para mostrarnos los ausentes animales de la jungla, o con las locaciones del “Amazonas” repletas de las famosas palmeras californianas. No obstante, por mucho que el director disfrute regodeándose en los errores y limitaciones del viejo cine "B", también se preocupó por mejorar algunos aspectos técnicos de la secuela. Allá por el 2003, la cinematografía en blanco y negro de The Lost Skeleton of Cadavra me pareció plana y pobremente iluminada, pero esta vez encontramos genuina estética visual, repleta de siniestros claroscuros y composiciones interesantes que aprovechan el amplio cuadro del video HD. En otras palabras, la secuela parece más Val Lewton que Ed Wood, y me estaban gustando tanto las imágenes que resentí un poco el cambio de "look" a la mitad de la película, cuando la acción se traslada a los más soleados exteriores del Valle de los Monstruos.
Sin embargo, la experiencia se nubla un poco por la lenta trama y la irregularidad de las actuaciones. Sé que el elenco actúa “mal” intencionalmente, y eso nos da algunos momentos de hilarante estupidez que bordean en la genialidad (“Slooowly…”). El problema surge cuando algún intérprete trata de actuar “gracioso” y termina saboteando el humor y la intención del director. La peor culpable de ello es Alison Martin en el papel de Chinfa, reina de la Tribu de los Melones (no es tan chistoso como suena), cuya penosa sobre-actuación arruina la última media hora de la cinta. Gran parte del humor del cine “retro” se fundamenta en el incongruente contraste entre las solemnes actitudes de los personajes y la patente ridiculez de las situaciones. Un ejemplo perfecto que me gustó mucho es la dinámica entre el Dr. Armstrong y su esposa Betty; Larry Blamire evoca perfectamente las características del cínico anti-héroe alcohólico del cine "noir", mientras que Fay Masterson es la arquetípica ama de casa de los cincuentas, con su coqueto vestido, sombrero con listón y canasta de pic-nic. La sinceridad de sus actuaciones bastan para hacernos reír, sin perder la emoción latente de su relación… por absurda que sea.
Obviamente The Lost Skeleton Returns Again es una comedia cuyo atractivo está limitado a los fans del mencionado cine B de mediados del siglo veinte; pero en ese reducido nicho destaca como una competente sátira que quizás no tenga la energía, sangre y recursos de Planet Terror, ni la pretensión artística de Prometheus Triumphant. Sin embargo compensa su humilde producción con un gran sentido del humor y auténtico afecto por el estrato más bajo del cine fantástico. Tan solo por esa noble labor merece una ferviente recomendación, acompañada por la inevitable advertencia de que muchas de sus fallas son intencionales, y cada espectador deberá aportar la tolerancia y comprensión suficientes para convertirlas en virtudes. No es una tarea fácil, pero vale la pena intentarlo. Rowr.
Calificación: 8
Los cineastas franceses Jean-Pierre y Luc Dardenne son eternos favoritos en Cannes y otros festivales de cine europeo, y aunque El Silencio de Lorna (su más reciente película) parece haber decepcionado a los más exigentes fans del "cine de arte francés", a mi me gustó bastante por su narrativa y sus actuaciones; ambos aspectos parecen simples y minimalistas, pero conforme avanza la trama vamos descubriendo inesperados niveles de complejidad y emoción en lo que parecía un prosaico retrato del mundillo semi-criminal en una pobre provincia belga.
Los protagonistas de El Silencio de Lorna están relacionados de una u otra forma con la mafia del fraude migratorio en Bélgica. Así tenemos a la epónima Lorna (Arta Dobroshi), emigrante albana que sueña con abrir un café junto con su novio Sokol (Alban Ukaj), y para financiar la empresa acepta casarse con el heroinómano Claudy (Jérémie Renier). De este modo ella ganará la nacionalidad belga, y después podrá casarse con un mafioso ruso que también quiere convertirse en ciudadano de ese país. Pero el despiadado plan, organizado por el ambicioso y amoral Fabio (Fabrizio Rongione), solo funcionará si Claudy muere "accidentalmente" de una sobredosis, dejando a Lorna como viuda sin obstáculo legal para casarse con el ruso. El problema es que Claudy hace un esfuerzo real por abandonar la droga, y Lorna empieza a sentir compasión por el patético adicto... lo cual desata una cadena de eventos que cambiarán para siempre las vidas de estos melancólicos individuos.
Los hermanos Dardenne son obvios herederos del legado temático y estilístico del cine "trascendental" expuesto durante el siglo pasado por Robert Bresson y algunos miembros de la "nueva ola" francesa; por lo tanto, El Silencio de Lorna encaja en el arquetipo del cine francés denso y profundo, cuyas intenciones son muy distintas a las del cine comercial norteamericano que tan bien conocemos. En cierto modo eso puede hacer la película un poco inaccesible, pero a cambio nos ofrece un respiro del drama hollywoodense y sus previsibles fórmulas. Y aunque el parsimonioso libreto culmina con un final ambiguo y abrupto, fue un placer contemplar el puro y realista lenguaje cinematográfico, así como las actuaciones transparentes y al mismo tiempo poderosas.
Puedo recomendar El Silencio de Lorna para quienes no se asusten con una experiencia lejana a los clichés de Hollywood y, desde luego, para fans del antiguo cine francés (antes de que Luc Besson lo arruinara con sus desplantes modernos)(Sarcasmo). Admito que entré a ver esta película con muy bajas expectativas, pues usualmente me desagradan los sórdidos dramas de sufrimiento y tristeza que no conducen a nada. Ahora veo que esa percepción puede cambiar cuando hay genuinos cineastas detrás de las cámaras con la intención de ampliar nuestro entendimiento del arte cinematográfico, en vez de pretenciosos "autores" en busca de Óscares. Entonces, no será para todos los gustos, pero El Silencio de Lorna tiene mucho que decir al que acepte escuchar su mudo mensaje. Solo no me pidan que explique el final.
Calificación: 8
Después de ver Loco X Ella (The Switch) y Una Loca Película de Vampiros (Vampires Suck) el mismo fin de semana, Pasión en el Cairo resultó ser el antídoto perfecto contra aquellas antipáticas películas: un drama maduro que maneja el romance con realismo y sensibilidad, sin forzar situaciones ni crear obstáculos innecesarios en la relación de los protagonistas. Y, claro, ayuda enormemente que dichos protagonistas estén interpretados por excelentes actores con la facilidad de expresar emociones a través de sus ojos y lenguaje corporal, de modo que no requieren exagerados diálogos ni estridentes canciones "pop" para explicarnos lo que están pensando.
La mencionada pareja incluye a Juliette Grant (Patricia Clarkson), editora de una revista que viaja a Egipto para visitar a su esposo Mark (Tom McCamus), destacado diplomático a cargo de una negociación en Gaza, lo cual le impide pasar tiempo con su esposa. Entonces Juliette, temerosa de pasear sola por las calles de El Cairo, solicita ayuda a Tareq (Alexander Siddig), policía retirado y amigo de su esposo, para que la acompañe a ver las atracciones de esa exótica ciudad. Pero la principal atracción es la que empieza a desarrollarse entre ambos, y aunque se dan cuenta de las problemáticas consecuencias que podrían acarrear esos impulsos, se ven cada vez más tentados a ignorar su sentido común y dejarse llevar por la pasión... ¿podrán hacerlo sin traicionar sus principios y sin arruinar sus vidas?
Al hablar de "pasión" no me refiero al simple estímulo sexual, ni al idealizado romance que vemos en las películas de Hollywood. Por el contrario, Pasión en el Cairo tiene una actitud más juiciosa y reflexiva, invitándonos a descubrir los detalles que revelan la gestación de algo más profundo entre los personajes... pequeños momentos que dicen mucho; miradas casuales pero significativas; comentarios inocentes con evocadora intención... en fin, el delicado juego que podría ser un fin por sí mismo, independientemente de la consumación de algo físico. La directora canadiense Ruba Nadda consigue ese sutil balance con ayuda de Patricia Clarkson y Alexander Siddig (¡Dr. Bashir!), cuyo trabajo refleja el propósito básico de la actuación: la creación de personas ficticias, pero realistas en sus actitudes y emociones. Solo con la hipnótica presencia de estos actores es posible sobrellevar el pausado ritmo de la película y su tenue argumento, que quizás resulte demasiado simple para algunos espectadores.
Afortunadamente quien se aburra con el pausado romance de Pasión en el Cairo puede admirar la ciudad que enmarca la historia, cuya presencia física y espiritual se siente en cada cuadro de la película. La cinematografía es extraordinaria, y así como puede retratar majestuosamente las pirámides de Giza, también puede capturar sin falso glamour los colores y atmósfera de los bazares callejeros... o de las patrullas militares que nos recuerdan la inestabilidad política de la región. Obviamente El Cairo es una ciudad fundamentada en contrastes, no solo tecnológicos y arquitectónicos, sino también ideológicos, los cuales pueden ser todavía más impactantes.
En fin, no soy fan del romance (real o cinematográfico), pero Pasión en el Cairo tampoco gira en torno a ese abstracto sentimiento, sino que lo aprovecha para efectuar un minucioso análisis de personajes interesantes y sofisticados (a su propia manera), lo cual resulta más interesante que la mecánica narrativa, o la respuesta a la clásica "¿lo harán o no?". En otras palabras, el punto de la película no es la búsqueda de un final feliz, sino el proceso emocional detrás de la atracción entre dos personas, y la evaluación de las consecuencias si deciden seguir sus sentimientos. Como dije antes, la película es lenta (yo la llamaría "relajada"), y la acción es mínima. No hay cumbres de alegría ni abismos de tristeza... simplemente prosaica realidad, pero capturada con genuina visión y delicioso estilo. En ocasiones eso puede ser más satisfactorio que un tumultuoso romance. Al menos para este cínico amargado.
Calificación: 8